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Luis Mesquita Errea

SOBRE EL BICENTENARIO

dos siglos de la Revolución de Mayo confluyen al espíritu imágenes y reflexiones del pasado y del presente. El vivo interés de nuestro pueblo por los valores históricos y el legado de la tradición es valioso y promisorio, y se diferencia netamente del oportunismo demagógico de quienes sólo quieren aprovechar la ocasión para aumentar su dominio sobre los argentinos y la opinión de los argentinos.

La perspectiva histórica brinda elementos para reconocer lo mejor del pasado y reafirmarlo, y lo que debe ser revertido y desterrado.

El 25 de mayo fue un acontecimiento político que abrió cauce a un proceso emancipador que  obedeció a muchas causas, pero que en modo alguno pudo haberse llevado a cabo sin una maduración previa. Un pueblo no nace súbitamente de un acontecimiento político: es fruto de una lenta y fecunda gestación, soslayada por la “historia oficial”.  

Tal gestación comienza hace mucho más de dos siglos, cuando se encuentran, en los albores de nuestra historia, los dos pilares de la nacionalidad, el español cristiano y el nativo. Se encuentran  en las “ciudades históricas” que ven la luz en la epopeya fundacional del siglo XVI, época en que (como coinciden en señalar Vicente Sierra y José L. Romero, aún partiendo de paradigmas opuestos), se forjó el alma argentina.

Es entonces cuando verdaderamente nace la Argentina, que en mayo de 1810 –luego de 260 años de la fundación de Barco/Santiago del Estero- estará madura para darse su propio gobierno, camino a su soberanía. En el ámbito en que se consolidan sus arraigadas creencias y costumbres, se forma su habla y su mentalidad, se obra la fusión del elemento europeo, el indígena y el africano que da lugar al argentino auténtico, el criollo, cuya original identidad, tan fuerte y atractiva, será ávidamente absorbida por los torrentes inmigratorios posteriores, en una amalgama variada y definida que es el argentino de hoy.

Pocos compatriotas han oído hablar de los padecimientos e inmensos logros de aquellos pobladores pioneros de la Argentina fundacional que son los primeros y olvidados padres de la patria. Los que establecieron los núcleos hispano-indígenas primigenios y echaron en ellos raíces familiares perdurables, edificaron las capillas en que se bautizaron los primeros argentinos, integraron los primeros cabildos –prefigurando las autonomías de las futuras “ciudades-provincia”-, introdujeron la totalidad de animales de crianza y la mayoría de frutales y cereales que constituyen –sumadas a las valiosísimas especies indígenas- nuestra riqueza agrícola-ganadera; los que, imbuidos de una cosmovisión católica y encarnando una tradición hispánica con sentido de heroísmo, autonomía y grandeza, animados de un espíritu de conquista de los espacios infinitos que van de la puna a los hielos magallánicos y del litoral a las cumbres andinas, establecieron los cimientos de la patria, a la que le dieron entonces el nombre de “nación de plata”, la Argentina.

El vecino de los siglos XVI y XVII que gobernará la ciudad, foco civilizador, alma y trama de las futuras Provincias Unidas, que impulsará la producción económica, sostendrá la evangelización y defenderá la sociedad de los ataques de las tribus del Chaco o de las pampas, será también el defensor de nuestro suelo contra el Absolutismo en el siglo XVIII, que pretenderá desconocer la maduración y el crecimiento de la nación argentina. Será de esas estirpes dirigentes, cuyos hijos más aventajados estudiarán en Córdoba, Chuquisaca o en la misma España, que saldrán los estadistas, diplomáticos, guerreros y militares de carrera que estarán a la cabeza del movimiento emancipador del que Mayo fue la chispa que disparó el cañón de independencia. Pues ese impulso autonómico y emancipador, que encontró eco entusiasta en todo el pueblo  -que había probado su bravura y fidelidad en las Invasiones Inglesas-,  tuvo a la cabeza dirigentes a la altura de las circunstancias.

La “historia escolar” creó algunos mitos que es importante rectificar a 200 años de 1810. Como lo dijo en otros términos Rosas –y en eso fue veraz…-, rompimos la sujeción política al Rey de España (cuya afinidad napoleónica inicial y su mentalidad absolutista le impidieron concebir una confederación hispano-americana de naciones, que tanto bien podría haber hecho a la humanidad), pero no rompimos con la tintura madre de la argentinidad, la hispanidad, los valores de la civilización cristiana con los matices propios de esta tierra. Es lo que documenta con meridiana claridad la primera proclama de la Primera Junta del 26 de mayo que, luego de garantizar que protegerá con ardiente celo la fe católica, “las leyes que nos rigen”, y aún los derechos del Rey preso, pregunta a todos: “¿No son ésos, acaso, vuestros sentimientos?”

Hoy miramos a nuestro pueblo, al que se congrega como un solo hombre para renovar el pacto con el Señor y la Virgen del Milagro, al que está presente para defender los valores patrios y nuestros edificios religiosos, atacados por una neo-barbarie enemiga de la Fe y la familia…; al que conserva –a pesar de la invasión de contracultura, vulgaridad y antivalores- las tradiciones y el sentido de familia, desde el humilde y épico gaucho o el esforzado obrero, el docente, el empleado, el profesional, el militar, el hombre de campo, el empresario, el político con vocación de servir honestamente al País, el  miembro de familias patricias impregnadas de experiencia histórica, y vemos el auténtico amor a la patria, la identificación con la idiosincrasia tradicional argentina.

En otras esferas, muy distantes de la Argentina profunda, como las de un poder abusiva y antidemocráticamente ejercido, o las de un macrocapitalismo publicitario abierto a todos los vientos de la disolución y de la masificación, vemos una Argentina artificial que, aunque minoritaria, constituye una sombría amenaza al legado argentino y a las libertades auténticas.
Que este Bicentenario motivador sea también revelador y orientador. Que no sea un engaño más del asfixiante y malévolo hipercentralismo, heredero actual de las tendencias que desmontaron el orgánico andamiaje de las Provincias Unidas, obra de quince generaciones de buenos argentinos. Que sea una reafirmación actualizada de la Argentina auténtica.

 

 

EDI-Salta 2014 en el Bicentenario de la Patria
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