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Enanos, gigantes, hombres con alas de murciélago... ¿a quién no le gusta una historia repleta de seres fabulosos? Explorá el mundo de la literatura con textos de Jorge Luis Borges, César Aira y Andrés Calamaro.

¿Cómo serían esos monstruos? ¿Cuáles serían sus costumbres? Dibujalos.
Andrés Calamaro. (Gentileza Warner Music.)
- Uno de los integrantes del grupo escribe una oración y pasa la hoja al compañero.
- El que la recibe debe escribir otra oración, que continúe la historia. No puede modificar la frase anterior. Después, debe pasarle la hoja al siguiente compañero.
- Al terminar la ronda vuelvan a empezar en el mismo orden. Continúen escribiendo hasta llegar a un desenlace.
- Como final, pueden agregar una sola oración pensada entre todos.
Entre los monstruos de la Tentación figuran los nisnas, que "sólo tienen un ojo, una mejilla, una mano, una pierna, medio cuerpo, medio corazón". Un comentador, Jean Claude Margolin, escribe que los ha forjado Flaubert, pero el primer volumen de las Mil y una noches de Lane (1839) los atribuye al comercio de los hombres con los demonios. El nesnás -así escribe Lane la palabra- es la mitad de un ser humano; tiene media cabeza, medio cuerpo, un brazo y una pierna; brinca con suma agilidad y habita en las profundidades de Hadramaut y del Yemen. Es capaz de lenguaje articulado; algunos tienen la cara en el pecho, como los blemies, y cola semejante a la de la oveja; su carne es dulce y muy buscada. Una variedad de nesnás con alas de murciélago abunda en la isla de Raïj (acaso Borneo), en los confines de China; pero, añade el incrédulo expositor, Alá sabe todo.
(Borges, J. L. y M. Guerrero, Manual de zoología fantástica, México, FCE, 1983, pág. 111.)
Con el crudo en las bodegas volveré a buscar/ todo el tiempo vivido, que hemos perdido sin protestar/ voy a probar primero al olvido, a lo ajeno/ voy a pasar a retiro de un tiro al culpable de mi soledad!/ no sé que quiero, pero sé lo que no quiero,/ sé lo que no quiero y no lo puedo evitar,/ puedo seguir escapando y aún lo estoy pensando,/ lo estoy pensando pero estoy cansado de pensar;/ el marinero del río no tiene calor ni frío,/ la ciudad no tiene puerto y se siente muy vacío (ay qué pena!)/ últimamente ha perdido su capacidad de sorpresa,/ en un vaso de cerveza/ caliente fue que se la olvidó;/ quiero elegir del mapa un lugar sin nombre adonde ir/ será el lugar donde viva lo que quede por vivir (y eso es mucho tiempo!),/ por eso de cada viaje me traigo el equipaje perdido,/ por eso es que he decidido nunca olvidar, nunca olvidar;/ no sé lo que tengo, pero sé lo que no tengo,/ sé lo que no tengo, porque no lo puedo comprar,/ puedo seguir cantando, pero sigo esperando,/ sigo esperando pero estoy cansado de esperar...
Hubo una época remota del pasado en que la humanidad practicó una actividad llamada "literatura". No necesito decir en qué consistía, porque cualquier persona culta lo sabe. Quiero decir, no necesita haberlo estudiado especialmente, porque forma parte de su tradición familiar y personal, y está inscripto en su propio nombre. Durante los siglos en que existió la literatura se acumularon muchos libros, y muchos escritores. Algunos "buenos", otros "malos", unos más importantes o elogiados que otros, serios, frívolos, laboriosos o estériles: todas esas distinciones se anularon después. De esos escritores descienden todos los hombres y mujeres que pueblan el mundo, por genealogía simple: si es concebible que todos seamos descendientes de un solo hombre original, tanto más podemos serlo de la innumerable cantidad de escritores que hubo. Y los nombres que tenemos son los nombres de ellos. Sin ir más lejos, yo, que me llamo César Aira, tengo el nombre de un lejano antepasado mío que fue un escritor. Claro que no todos mis contemporáneos mantienen vivo el recuerdo del dador del nombre, ni mucho menos; en ese sentido soy una excepción.
Lo cierto es que dedico tiempo, una hora por día, a veces dos, a la lectura. En realidad, no conozco a nadie más que lo haga [...]. Claro que hablar de "lectura" es estirar el término tal vez demasiado. Cuando se pasó toda la literatura a estos medios, se lo hizo en imágenes. Los programas transformaron las palabras en imágenes, una por una (no se hizo por frases) y hasta fragmentando las palabras si resultaba conveniente. Esta tarea la llevaron a cabo sistemas automáticos operando con grandes diccionarios polivalentes, sin intervención del hombre [...]. Y por la otra punta , disponían de un banco de imágenes completo, o sea que estaban todas. Seguramente a los literatos del pasado no les habría satisfecho la transferencia, pero cuando se hizo ya no estaban para protestar. Y la operación salvó del olvido definitivo a la ingente masa de libros que se había acumulado. Fue esta operación la que anuló las diferencias entre obras buenas y malas.
(El juego de los mundos, La Plata, Argentina, Ediciones El broche, 2000.)
Hubo una época remota del pasado en que la humanidad practicó una actividad llamada "literatura". No necesito decir en qué consistía, porque cualquier persona culta lo sabe. Quiero decir, no necesita haberlo estudiado especialmente, porque forma parte de su tradición familiar y personal, y está inscripto en su propio nombre. Durante los siglos en que existió la literatura se acumularon muchos libros, y muchos escritores. Algunos "buenos", otros "malos", unos más importantes o elogiados que otros, serios, frívolos, laboriosos o estériles: todas esas distinciones se anularon después. De esos escritores descienden todos los hombres y mujeres que pueblan el mundo, por genealogía simple: si es concebible que todos seamos descendientes de un solo hombre original, tanto más podemos serlo de la innumerable cantidad de escritores que hubo. Y los nombres que tenemos son los nombres de ellos. Sin ir más lejos, yo, que me llamo César Aira, tengo el nombre de un lejano antepasado mío que fue un escritor. Claro que no todos mis contemporáneos mantienen vivo el recuerdo del dador del nombre, ni mucho menos; en ese sentido soy una excepción.
Lo cierto es que dedico tiempo, una hora por día, a veces dos, a la lectura. En realidad, no conozco a nadie más que lo haga [...]. Claro que hablar de "lectura" es estirar el término tal vez demasiado. Cuando se pasó toda la literatura a estos medios, se lo hizo en imágenes. Los programas transformaron las palabras en imágenes, una por una (no se hizo por frases) y hasta fragmentando las palabras si resultaba conveniente. Esta tarea la llevaron a cabo sistemas automáticos operando con grandes diccionarios polivalentes, sin intervención del hombre [...]. Y por la otra punta , disponían de un banco de imágenes completo, o sea que estaban todas. Seguramente a los literatos del pasado no les habría satisfecho la transferencia, pero cuando se hizo ya no estaban para protestar. Y la operación salvó del olvido definitivo a la ingente masa de libros que se había acumulado. Fue esta operación la que anuló las diferencias entre obras buenas y malas.
(El juego de los mundos, La Plata (Argentina), Ediciones El broche, 2000.)
Cada una de las partes en que se divide una composición poética. Las estrofas de un poema pueden tener igual o diferente número de versos. La separación de las estrofas está dada por un espacio en blanco en la hoja denominado "blanco tipográfico".
Identidad de sonido en la terminación de dos palabras, desde la vocal que lleva el acento, aunque las demás letras no sean exactamente iguales en su figura. Cuando la coincidencia abarca sólo las vocales, es una rima asonante (ej.: campo y santo). Cuando la coincidencia abarca vocales y consonantes, es rima consonante (ej.: sorpresa y cerveza, ya que hay identidad de sonidos en nuestra pronunciación rioplatense).
Es la cadena de palabras que en un poema se escriben una a continuación de otra, es decir, en el mismo renglón. No es igual a una oración, ya que muchas veces tal cadena de palabras está determinada por el efecto sonoro, o incluso visual, que provoca. Cada verso tiene una sonoridad en sí mismo, además de la que produce en el conjunto del poema. Del mismo modo, cada verso tiene un sentido asociado a la imagen, al ritmo y al sonido que las palabras que lo conforman sugieren. Cuando leemos una poesía, y sobre todo cuando nos detenemos a analizar un verso, se hace evidente la idea de que forma y contenido no se pueden separar.
Sitio dedicado a literatura argentina contemporánea. Entre otros escritores figuran Roberto Arlt, Jorge Luis Borges, Haroldo Conti y César Aira. Cada escritor cuenta con una página que incluye fragmentos de sus obras.
Biblioteca virtual. Información sobre diferentes escritores en su idioma original (en español para Cervantes, en francés para Flaubert y Apollinaire, en inglés para Swift, etc.).